Por S.E. Michelle Bachelet Presidenta de Chile

Amigas y amigos:

Quiero decir que es un honor para mí estar aquí nuevamente, en esta casa de estudios, como aquí se decía, una de las más antiguas de la región. Y lo primero, no voy a poder acompañarlos mañana, pero Feliz Aniversario, 339, pero con esa capacidad de mantener la tradición, pero a la vez, ser muy joven en las preguntas que se hacen sobre la sociedad y sobre el mundo en que vivimos. Una universidad pública que ha forjado a ilustres guatemaltecos –como usted lo recordaba, señor rector, al premio Nobel Miguel Ángel Asturias- y que, sin duda, seguirá haciéndolo, contribuyendo de esta manera a la construcción de un mañana mejor para Guatemala, pero también para toda América Latina.

Usted lo recordaba, y la verdad que tengo con la Universidad de San Carlos un vínculo personal, que se remonta a ese marzo del 2007, momento en que ustedes me honraron -tal como lo habían hecho en 1931 con nuestra insigne poeta Gabriela Mistral- al otorgarme el Doctorado Honoris Causa.

Como dije en aquella oportunidad, “tal distinción me compromete de por vida con esta multicentenaria institución”.

Qué mejor lugar que éste, una universidad pública, pluralista, autónoma, comprometida con la cultura y las culturas, con la verdad y la paz, para hablar de los temas que nos convocan: el rol de la educación, la equidad de género y la interculturalidad para el desarrollo.

Podría parecer que esos asuntos tienen un sentido obvio y un valor por sí mismos, y que no vale mucho la pena hacer nuevas disquisiciones. Sin embargo, ellos aparecen bajo una perspectiva más rica cuando se ponen en relación a lo único que puede ser su justificación última: una vida mejor para los ciudadanos y ciudadanas.

Bajo esa luz, no sólo aparece la necesidad de reflexionar sobre las interdependencias entre educación, género e interculturalidad. También aparece su carácter dinámico, pues aquello que es una vida mejor para todos, es algo que evoluciona con los cambios de las sociedades y debe ser debatido públicamente.

Y esa es, precisamente, una de las más altas funciones del espacio universitario: pensar la complejidad de las realidades y aspiraciones de nuestros países, bajo la luz crítica e integradora de su finalidad humana.

La universalidad a la que aludimos con la palabra “universidad”, proviene precisamente de aquel foco de luz integral y trascendente que aporta el humanismo, que hace de la persona, sus potencialidades, relaciones y derechos, el criterio último de valor.

Decía el ilustre venezolano, y chileno adoptivo, Andrés Bello, que en la universidad “todas las verdades se tocan” porque “los adelantamientos en todas líneas (sic) se llaman unos a otros, se eslabonan, se empujan (…) Todas las facultades humanas forman un sistema, en que no puede haber regularidad y armonía sin el concurso de cada una. No se puede paralizar una fibra, una sola fibra del alma, sin que todas las otras enfermen”.

Por eso estos temas no sólo pueden, sino que deben abordarse aquí, en este espacio de encuentro, en estos espacios universitarios, que en nuestros países han sido guías y maestras en la formación de la nación soberana.

La responsabilidad de las universidades con vocación pública, aquí y en mi país, es, pues, enorme. Especialmente ahora, en que las ideas y modelos de desarrollo que hemos seguido en las últimas décadas, si bien en algunos casos han significado avances, han dejado importantes pendientes sin resolver, y no bastan ya para enfrentar los nuevos retos que nos ponen por delante las nuevas dinámicas de la sociedad global.

Debemos, pues, poner todas nuestras capacidades de reflexión crítica y propositiva al servicio de nuevos énfasis de largo plazo en nuestros enfoques y políticas de desarrollo.

Tales son algunas de las ideas que abordaré en esta charla.

Pero por favor, yo escuchaba al rector, al presidente y sus expectativas, y decía “nada de lo que pueda decir va a cumplir con esas expectativas”. Pero por sobre todas las cosas, porque no esperen lecciones, ni fórmulas mágicas para resolver problemas sociales, políticos o económicos a los que debemos hacer frente, porque sencillamente eso no existe. Lo que existen son sociedades que gracias a sus ciencias y humanidades, al debate público y a la deliberación política, buscan y deciden sus soluciones a la luz de sus experiencias, de sus anhelos y desafíos.

Por eso yo quiero compartir mi visión sobre los nuevos desafíos y qué estamos haciendo en mi país para enfrentarlos.

Chile ha avanzado significativamente en las últimas décadas. Nuestra sociedad ha cambiado y hoy los chilenos y chilenas pueden más y aspiran a mucho más. Pero también tenemos muchos lastres heredados que nos impiden muchas veces avanzar más rápido y también nuevos desafíos que enfrentar. Y eso caracteriza este momento histórico del país. Estamos abocados a encontrar los medios que nos permitan superar los obstáculos y a crear las condiciones que nos permitan ponernos a la altura de las nuevas oportunidades y retos. Y hemos puesto a Chile en movimiento, y todos y todas estamos comprometidos a llevarlo a buen puerto. Y ese es nuestro mejor capital para el desarrollo.

Sé que muchas de nuestras características y dinámicas responden a las particularidades de nuestra historia nacional y a nuestra específica posición y dotación geográfica. Pero también hay en ello aspectos que responden a ciertas dinámicas universales de los procesos de desarrollo y de democratización. Y eso es lo que nos permite hoy día entablar un diálogo y compartir experiencias con ustedes, ciudadanos y ciudadanas de Guatemala, también comprometidos con el desarrollo, el bienestar y la democracia de vuestro país.

Amigas y amigos:

Hoy vivimos en un mundo globalizado y crecientemente interdependiente. En un mundo en constante transformación, que cambia, a la par de la tecnología, a una velocidad sorprendente. Este nuevo contexto impone nuevos desafíos en prácticamente todas las áreas, que debemos ser capaces de enfrentar.

La economía globalizada demanda una constante adecuación, tanto en infraestructura física, como en capacidades humanas, a los requerimientos de los mercados internacionales.

El inminente fin del “superciclo de los commodities”, que tanto benefició en los últimos años a América Latina, nos llama a buscar alternativas, a diversificar nuestras exportaciones y a agregar valor agregado a nuestros productos.

El surgimiento de una ciudadanía más empoderada y organizada, en gran medida gracias a la expansión de Internet, que reclama por sus derechos y pone en cuestión la legitimidad de las instituciones políticas, nos obliga a repensar la democracia y a profundizarla.

Es cierto, tenemos nuevos desafíos, pero también tenemos tremendos temas pendientes: la pobreza, la desigualdad, las exclusiones de todo tipo, la falta de cohesión social. La debilidad de nuestras instituciones sigue marcando a nuestra región. Hemos visto progresos significativos, en reducción de la pobreza, por ejemplo, siendo significativos, las cifras siguen siendo vergonzosamente altas.

Tanto los nuevos retos, como los que vienen de antaño, exigen que repensemos nuestra política y nuestras políticas, que continuemos con lo que hemos hecho bien y que reformulemos aquello que no parece funcionar.

Creemos que las respuestas pasan, en gran medida, por consolidar y ampliar la democracia, por generar políticas de equidad e inclusión, por dar protagonismo a las mujeres y valorar y aprovechar las diversidades étnicas y culturales.

Y mucho de esto pasa por reformar nuestros sistemas educativos, porque como dijo, entiendo que en esta misma sala, el año pasado, el rector de la UNAM: “en la educación residen las armas del progres o individual y también del colectivo. Sin educación no hay forma de combatir los problemas de ayer y menos aún de prepararnos para enfrentar los de mañana”.

Amigas y amigos:

El nuevo contexto global trae también nuevas exigencias para la paz y para la erradicación de todas las formas de violencia. Como dije pocos días atrás, en la sesión que presidí del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, el contexto internacional es hoy, evidentemente, distinto al que conocimos en el siglo XX.

No observamos hoy guerras interestatales como las que tuvieron lugar en tiempos pasados, con su trágica estela de muerte y destrucción, ni pugnas ideológicas tan agudas. Sin embargo, eso no significa de ninguna manera que estemos viviendo en un mundo pacífico y seguro.

Las amenazas son otras, pero igualmente serias. Son guerras intranacionales -en acto o en potencia- producidas por tensiones socio- económicas, de género, étnicas, tribales o religiosas.

Son peligros transnacionales -como el terrorismo, el narcotráfico, el tráfico de armas, el tráfico de personas y el crimen organizado- generados muchas veces por la exclusión, por la falta de oportunidades y por la debilidad de las instituciones públicas o la escasa legitimidad de la democracia.

No podremos terminar con estas amenazas a menos que enfrentemos sus causas subyacentes. De poco sirven los tanques y los misiles. Mucho más útiles son, como afirma el Secretario General de Naciones Unidas, Ban Ki-moon, la “política de inclusión, la educación, el empleo y las oportunidades reales”.

Y la inclusión parte por el respeto al Estado de derecho y a las instituciones democráticas. Esa es la base, el punto de partida, la condición indispensable para resguardar los derechos fundamentales, las libertades individuales y para edificar sociedades más justas.

La democracia permite gestionar las diferencias, resolver las tensiones sociales pacíficamente y que todos los ciudadanos sean y se sientan partícipes de las decisiones colectivas que van moldeando el futuro de la comunidad nacional.

Hasta hace poco, la democracia era un bien escaso en América Latina. Era un concepto vacío, que no operaba como guía efectiva de las decisiones sociales. Muchos países -como éste y como el mío- perdieron en algún momento el rumbo y se sumergieron en pesadillas autoritarias.

Y conocemos el alto costo de extraviar la democracia. Sabemos, como decía Asturias, lo que es “estar de paso, siempre de paso, tener la tierra como posada, tenerlo todo como prestado, no tener sombra sino equipaje”.

Sabemos de sueños rotos, de exilios y pérdidas; sabemos lo que es la exclusión en su sentido más puro y duro.

Por lo mismo amamos la libertad y el entendimiento razonado de las diferencias. Por eso valoramos las instituciones democráticas y republicanas.

Y actualmente la democracia está prácticamente en todos los países de la región. Es más, se ha instalado como un paradigma indiscutido en gran parte del mundo. Pero eso no quiere decir que hayamos dejado atrás el riesgo de caer en el autoritarismo o en el populismo.

La consolidación de la democracia sigue siendo -como señalé en este mismo lugar el año 2007- un problema fundamental que encara nuestra América Latina.

La pobreza persistente, la desigualdad extrema, la exclusión, el descontento social y la debilidad institucional invitan al conflicto y también a buscar respuestas rápidas y soluciones mágicas que sólo traen mayor malestar social y más conflictividad a mediano y largo plazo.

Según los datos de CEPAL, que acaban de lanzar -datos para el año 2014-165 millones de personas en América Latina son pobres, eso es el 28,1% de la población total, y 69 millones, el 11,7%, están en indigencia, en pobreza extrema. Hemos logrado reducir la pobreza en tres décadas, desde el 40% en 1980 al 28,1% el año 2014. Y eso, por un lado, es una gran noticia que alienta nuestras esperanzas de que debemos avanzar por el camino sólido de la democracia con inclusión. Pero no basta, es totalmente insuficiente. Hay mucho más que hacer.

Particularmente preocupante es la pobreza infantil. Considerando el enfoque de derechos y aplicando una medición multidimensional, la CEPAL concluye que en la región 70,5 millones de niños, niñas y adolescentes son pobres, eso es el 40,5%, y 28,3 millones, el 16,3%, son indigentes o de pobreza extrema.

Y éste es un apremiante llamado de atención. Más allá del sufrimiento que esta situación produce, que es de por sí inaceptable y demanda una respuesta inmediata, debemos ser conscientes que estamos hipotecando el futuro no sólo de nuestras democracias, sino también de nuestros pueblos.

Y qué decir de las desigualdades, y en particular de la distribución del ingreso.

Como saben, la nuestra es la región más desigual del planeta. Nuevamente acudo a la CEPAL, que nos ha actualizado los datos y tenemos los datos del año pasado. El quintil más pobre -el 20% de los hogares con menos ingresos- capta el 5,6% de los ingresos totales, mientras que el quintil más rico se queda con el 46,7%.

Creemos que la desigualdad -de ingresos, de acceso a servicios básicos, de oportunidades y resultados- es una de las mayores amenazas para el desarrollo de nuestros países, para la democracia y para la paz.

Porque pone en entredicho la comunión de intereses y valores que es la única que posibilita la convivencia nacional, agudiza las tensiones sociales, genera resentimiento y, en los casos extremos, violencia armada. Evidentemente tenemos un gran déficit en este sentido.

Y tenemos que trabajar para resolver estos graves problemas. Tenemos clara la urgencia, pero también tenemos claro que no existen los atajos y que no existen los caminos fáciles.

La democracia se consolida con más democracia, haciendo los procesos más participativos, más inclusivos, incorporando en la toma de decisiones a las mujeres y a los diversos grupos sociales.

Se consolida también promoviendo la inclusión real de los ciudadanos y ciudadanas en todos los ámbitos -en educación, en los servicios de salud, en el mercado laboral-, reduciendo las desigualdades, valorando la diversidad y creando nuevas y mejores oportunidades de movilidad para que todos y todas puedan contar con un futuro prometedor.

Y por ello, también es importante, con crecimiento económico, porque sin crecimiento difícilmente podremos crear los puestos de trabajo de calidad que hombres y mujeres requieren y nuestro desarrollo demanda.

Sin sólidas expectativas de crecimiento económico, además, no tendremos incentivos para invertir en la infraestructura física y social que necesitamos para competir en el marco de la globalización, pero a la vez, para que en esa competencia y resultados nos permita brindar bienestar a nuestra ciudadanía.

Éstas son algunas de las condiciones básicas que compartimos como región para consolidar la democracia y también para lograr un desarrollo integral y a la vez inclusivo. Y son todos aspectos de un mismo desafío.

Amigas y amigos:

Los chilenos y chilenas hemos entendido que enfrentar estos desafíos tiene sus complejidades, pero por otro lado, es nuestra oportunidad y responsabilidad histórica. Que ahora es el momento, y que postergar la acción es la antesala de una frustración. Por eso, como Gobierno que representa a las mayorías, nos hemos puesto colectivamente en marcha. No estamos partiendo de cero, porque en las décadas pasadas se crearon condiciones institucionales y económicas, expectativas y derechos sociales sobre las cuales hoy día estamos parados.

Estamos haciendo grandes esfuerzos por acortar las brechas sociales y evitar que segmentos de la población queden rezagados, para acabar con las desigualdades injustas y por integrar a los excluidos.

Y el propósito es doble: por un lado asegurar que cada ciudadano, independientemente de su condición social, política, económica o cultural, identidad sexual, género o lugar de procedencia o etnia, consiga desarrollar sus potencialidades y, por otro, que todos y todas, y cada uno de ellos, pueda aportar al desarrollo común del país. Desarrollar capacidades personales, por un lado, pero también fortalezas colectivas, ese es nuestro norte.

Y como saben, estamos haciendo múltiples reformas que apuntan justamente a este objetivo.

Reformas políticas democratizadoras que –gracias, entre otras cosas, a la sustitución, finalmente, después de muchos años, del sistema electoral heredado de la dictadura- nos van a permitir tener una democracia más representativa, inclusiva y legítima a los ojos de los ciudadanos.

Y a esta gran reforma del sistema electoral, que acabamos de aprobar hace una semana, como digo, después de años de lucha, nos va a permitir tener una democracia donde los ciudadanos sientan que su voto importa y que al que eligen realmente los represente. Pero además, el año 2017, por primera vez, a través de otra gran reforma que hemos hecho, los chilenos en el exterior van a poder votar en las primarias y en las presidenciales, cosa que también nos parece un gran avance en nuestro país.

Si mencionaba las reformas políticas democratizadoras y hablábamos de la lucha contra la desigualdad, clave era hacer una reforma fiscal, una reforma tributaria, una reforma tributaria que permitiera repartir la carga de manera más equitativa y que nos asegure financiamiento permanente para aquellas transformaciones, en áreas como educación, salud y protección social, que comprometimos en el programa de Gobierno y que fueron ampliamente respaldadas por la ciudadanía en las elecciones pasadas. Y claro, fueron cuatro meses, al comienzo del Gobierno, donde finalmente logramos llegar a un consenso completo en el Parlamento para apoyar esta reforma tributaria de 3% del Producto Interno Bruto, que nos va a permitir, justamente, contar con los recursos para hacer las mejoras en muchas áreas sustantivas.

Y también estamos empeñados -y en esto quiero detenerme un momento- en llevar adelante una reforma que eleve la calidad de la educación pública y que genere un sistema educativo más equitativo y más integrador.

Acaba de estar en Chile un experto finés, Pasi Sahlberg, que nos dijo recientemente, en tono de alerta, que “ningún país ha progresado con un sistema educativo que segrega, como el que tenemos actualmente”.

En Chile, como en otros países de la región, el rendimiento escolar está íntimamente relacionado con el nivel socioeconómico de las familias. El pago adicional que hacen los padres en las escuelas particulares subvencionadas por el Estado y la selección al ingreso, han generado un sistema altamente segregado, en el que los ricos estudian con los ricos, los pobres estudian con los pobres, reproduciendo de esta manera no sólo capacidades y oportunidades desiguales, sino redes sociales e imágenes de mundo excluyentes.

Esto ha dañado profundamente el tejido social, ha contribuido a ensanchar las brechas y, en consecuencia, impedido que nuestros compatriotas compartan una visión de país, vivan la diversidad y construyan los canales de cooperación.

Estas prácticas, además, eliminan el efecto positivo que los niños y niñas de mejor desempeño tienen sobre los menos aventajados, lo que compromete la calidad del sistema en su conjunto.

Está comprobado -es lo que muestra la experiencia comparada- que el aprendizaje de los niños más vulnerables mejora notablemente cuando comparten la sala de clases con otros de mayor capital cultural. Este efecto, lógicamente, desaparece en escuelas altamente segregadas como las nuestras.

Por otro lado, estas formas de segregación y discriminación dificultan el reconocimiento de la calidad educativa, básicamente porque impiden distinguir si es un colegio el “exitoso” por sus propios méritos y metodologías de enseñanza o simplemente porque pueden seleccionar a los estudiantes con mejor rendimiento, debido al capital cultural de sus familias y sectores sociales de origen.

Terminar con esas prácticas hará más reconocible la calidad de los establecimientos educacionales y permitirá, por un lado, que el Estado pueda vigilar con mayor efectividad el desempeño del sistema y, por otro, que las familias puedan elegir dónde educar a sus hijos, con una mejor información y con más libertad.

Nuestra meta es que, a mediano plazo, todos los liceos y colegios, públicos, subvencionados por el Estado o particulares pagados, alcancen niveles equivalentes de excelencia e inclusión.

Y lo que estamos llevando a cabo no es sólo un proyecto, ni un conjunto de iniciativas legales. Lo que está en juego es que pasemos de un modelo centrado en la educación como un bien de consumo, basado en las capacidades familiares de pago, a un modelo basado en derechos, que garantice calidad para todos y sea un generador de oportunidades y de movilización social amplia.

En la educación está una de las claves del cambio que deseamos para los chilenos y chilenas, porque cuando todos los niños, niñas y jóvenes tengan las mismas oportunidades de adquirir conocimientos y competencias para optar a una vida más plena, habremos cumplido con una parte importante en nuestra misión de crear una sociedad más justa, próspera y equitativa.

Y quiero hacer mías las palabras de Andrés Bello, quien en 1843, en el discurso inaugural de la Universidad de Chile -nuestra Universidad pública más importante- afirmó lo siguiente: “Yo ciertamente soy de los que miran la instrucción general, la educación del pueblo, como uno de los objetos más importantes y privilegiados a que pueda dirigir su atención el gobierno; como una necesidad primera y urgente; como la base de todo sólido progreso; como el cimiento indispensable de las instituciones republicanas”. Y justamente ahí en Chile estamos poniendo el acento.

Amigas, amigos:

Como ustedes saben, el trabajo por la igualdad de género ha sido una preocupación fundamental para mí. Y he tenido la oportunidad, no sólo como ciudadana, luego como ministra de Salud, luego de Defensa, como Presidenta de la República, pero también desde ONU Mujeres, órgano de Naciones Unidas que tuve la fortuna de dirigir, de trabajar en esta dirección.

Y a partir de tales experiencias he adquirido tres certezas. La primera es que se han conseguido significativos avances en la lucha por la igualdad en las últimas décadas. La segunda es que tenemos aún muchas tareas pendientes, todas impostergables. Y la tercera, que el desarrollo equitativo e inclusivo es sólo posible con igualdad de género. Ésta debe ser, por tanto, una prioridad de los Estados alrededor del mundo y particularmente de los latinoamericanos, donde la pobreza tiene cara de mujer y de niño.

Por cierto que ha habido un importante avance en materia de acceso a la salud y a la educación para las mujeres. Sin embargo, la persistente brecha con respecto a los hombres y las diferencias profundas que se observan entre países, deben reforzar nuestra preocupación por la construcción de un mundo más equitativo también en materia de género.

Ya lo decía, la pobreza sigue teniendo mayoritariamente un rostro femenino. Todavía hoy en el mundo 800 mujeres mueren diariamente en el parto. Todavía en América Latina y el Caribe, 9.300 mujeres mueren al año por causas relacionadas con el embarazo. Todavía hoy la presencia de la mujer en la educación superior, en la actividad política y en el trabajo remunerado, es minoritaria.

El mercado laboral tampoco incorpora a las mujeres plenamente, en especial en zonas más atrasadas. En los países más desarrollados la participación llega al 53% de la fuerza laboral femenina, mientras que en Medio Oriente y África del Norte, el porcentaje baja a la mitad, al 26%. En Chile la situación es intermedia, pues la tasa de ocupación femenina alcanza el 45%.

Pero también sabemos que las mujeres muchas veces tienen acceso a empleo, pero a empleos mucho más precarios y mucho más frágiles.

Y sabemos que el acceso a la educación, la formación y la capacitación es un factor esencial para superar estas desigualdades. Y en tal sentido, los datos reflejan avances importantes, pero alertan, al mismo tiempo, sobre grandes tareas pendientes.

Dos tercios de los 770 millones de personas analfabetas del mundo son mujeres. En educación primaria, afortunadamente, la brecha entre niños y niñas se ha cerrado prácticamente. Pero un peldaño más arriba, en la educación secundaria, tan sólo 6 mujeres asisten a la escuela por cada 10 hombres.

Y si bien en educación superior, en muchas sociedades, las mujeres hemos avanzado rápidamente hasta prácticamente superar a los hombres, se mantiene un marcado sesgo hacia temáticas vinculadas con roles tradicionales de género. La presencia de las mujeres es mucho mayor en campos como la educación, la salud, las humanidades y el arte, pero es muy minoritaria en ciencias exactas e ingeniería.

Y, por tanto, esto también se expresa y afecta el nivel salarial en el mercado laboral, como también su incorporación a los centros de investigación tecnológica y a las altas esferas de decisión dentro de las empresas.

Pero acá terminan las cifras y las noticias alentadoras. Porque si en estas materias que he nombrado podemos reconocer avances destacables, hay otra donde no vemos los cambios deseados. Y me refiero a la violencia de género.

El 35% de las mujeres sufre violencia física y sexual. Y en algunos países, esta cifra llega al 70%. En 15 países de América Latina y el Caribe cerca del 50% de las mujeres dijeron haber sido víctimas de al menos un asalto sexual durante su vida. Y casi el 70% de los abusos físicos fueron cometidos por sus propias parejas. Y sabemos que en Centroamérica esta realidad es especialmente aguda.

El fin de la violencia de género, que nunca más una mujer sea golpeada, amenazada o asesinada sólo por ser mujer, es también una base y el inicio de cualquier política de equidad.

Y en Chile, mi Gobierno ha tomado el trabajo por la equidad de género como una prioridad. Por eso que una de las primeras medidas que adoptamos al comenzar nuestro mandato, fue enviar al Congreso el proyecto de ley que creaba el Ministerio de la Mujer, teníamos un Servicio Nacional de la Mujer, pero que tenía un nivel más bajo de ministerio. Y quisimos fortalecer la institucionalidad y darle mayor peso político, necesario para promover y garantizar los derechos de las mujeres. Y justamente hace 2 días, hemos aprobado finalmente esta ley.

Y para acoger a las víctimas de violencia, que en mi país provoca alrededor de 40 femicidios al año, estamos duplicando las Casas de Acogida y vamos a aumentar en un 25% los Centros de la Mujer que entregan apoyo y asistencia oportuna.

Además, estamos implementando un conjunto de medidas que van a fortalecer la autonomía económica de las mujeres, lo que creemos es fundamental, por un lado, para tener autonomía económica, pero también es un mecanismo importante para disminuir su vulnerabilidad frente a la violencia.

Por otra parte, en la reforma que acabamos de aprobar a nuestro sistema electoral, yo mencionaba que acabamos de derogar el Sistema Binominal y cambiarlo por un sistema electoral proporcional, hemos incluido una ley de cuotas transitoria, que asegurará que al menos el 40% de quienes postulen al Congreso sean mujeres. Yo lo he dicho, a mí me hubiera gustado que el 40% hubiesen suido electas, pero ha costado tanto esto que al menos el 40% de candidatas, es un primer gran paso.

Porque queremos romper la inercia del sistema político que mantiene una representación de 16% de mujeres en ambas Cámaras en nuestro país, mientras que en América Latina y en los países de la OECD esta cifra llega en promedio al 26%.

En definitiva, lo que buscamos en este tema, como en muchos otros, es generar condiciones de igualdad efectiva, que nos permitan avanzar hacia ese Chile que queremos: una sociedad que reconoce igual valor, iguales derechos, iguales potencialidades, pero a la vez provee oportunidades equitativas a hombres y mujeres.

Pero por sobre todo, porque nos parece que es lo que hay que hacer, que es un imperativo ético, pero que también es una necesidad para el desarrollo. Porque en la medida en que todos y todas podamos aportar, en igualdad de condiciones, al progreso de nuestros pueblos, podremos ir más rápido y llegar más lejos por la senda del desarrollo armónico, inclusivo y sustentable.

Y esta premisa es válida tanto en relación al género como a todas las formas de inclusión.

Es muy interesante cuando uno, y en mi trabajo como Directora Ejecutiva de ONU Mujeres, iba a los países nórdicos, que son los países que tienen mayores grados democráticos, inclusivos, de bienestar social y de equidad en todas las líneas, cada vez que ellos contaban que iban a un lugar, en los países como los nuestros o en otros países en vías de desarrollo, las distintas autoridades les señalaban “ustedes pueden hacer eso, porque son países ricos; ustedes pueden incluir mujeres; ustedes pueden tener políticas, digamos, de asegurar derechos sociales y económicos, porque son países ricos”.

Y ellos decían, “si usted ve la historia post-guerra, nuestros países eran pobres, y justamente hoy día somos ricos porque entendimos que la única manera de desarrollarnos y poder llegar a tener los niveles de desarrollo que hoy día tenemos, es incluyendo, incluyendo e incluyendo, y colocando en la educación inclusiva, el acento fundamental de nuestros esfuerzos. Si hoy día somos ricos, es porque incluimos a mujeres, es porque incluimos a nuestros pueblos originarios, es porque incluimos a nuestros jóvenes, es porque le aseguramos a los niños que pudieran ser la generación que permitiera que nuestros países fueran lo que hoy día son” y creo que eso es muy interesante y muy importante, porque muchas veces los gobiernos encontramos que no tenemos los recursos, que no tenemos las posibilidades, pero la verdad que lo que es más importante de todo, es voluntad política, tener claro lo que funciona y trabajar para unir las fuerzas y las capacidades del país para ir en pos de ese objetivo.

Y yo por eso creo y soy una firme convencida de que la solución va justamente por hacer de nuestras sociedades, sociedades inclusivas e integradas que garanticen al ser humano la dignidad y el respeto que todos nos merecemos.

La valoración de la diversidad y el respeto de las diferencias, sean étnicas, culturales, políticas, sociales, sexuales o de cualquier tipo, son también condiciones para el progreso.

Esto implica que la búsqueda de una pacífica y sinérgica convivencia intercultural, debe ser parte de nuestras preocupaciones, y debe estar presente en nuestras acciones gobierno. Más en un contexto tan heterogéneo como el latinoamericano, donde la diversidad es un rasgo definitorio, pero a la vez parte esencial de su riqueza.

Nuestro continente es un crisol de culturas. Aquí convergen múltiples cosmovisiones, múltiples culturas, múltiples etnias. Para que nuestras sociedades interculturales fructifiquen, es necesario que se extienda no sólo la valoración de la diversidad y el respeto activo, sino también, la interacción y la comunicación con los otros que son culturalmente diferentes, que hablan otras lenguas, que profesan otras creencias, que practican otros ritos y que tienen otro aspecto y otra presencia.

Por lo mismo, son de suma importancia los espacios de encuentro, como éste en el que nos encontramos, y las escuelas, los liceos públicos, que son los espacios republicanos por excelencia.

Por esto es que creemos que la reforma al sistema educativo que estamos implementando en Chile es tan relevante, porque nos va a permitir integrar y cohesionar a nuestra sociedad.

Las relaciones interculturales se dan en los diferentes ámbitos de la vida cotidiana, pero con especial fuerza en la escuela. Por ello, fomentar una sociedad cohesionada y basada en el respeto de las múltiples diferencias, no sólo implica el reto de incluir a indígenas, afrodescendientes y otras personas culturalmente diferentes en las instituciones educativas, tal cual existen en la actualidad, sino también transformarlas para que se adecúen a la diversidad cultural.

Es necesario incorporar el diálogo de saberes y el reconocimiento de la diversidad de valores y modos de aprendizaje, como elementos centrales de las políticas, planes y programas del sector.

Debemos ser capaces de escucharnos, de incluir a todos y a todas en las discusiones y en la toma de decisiones, porque así como señala Daniel Mato el año 2005, tendremos “la posibilidad de re- pensarnos a nosotros mismos, como colectivos nacionales complejos, hechos de múltiples diversidades (…) condición necesaria (aunque no suficiente) para convertir el reconocimiento y manejo de esas diversidades en potencialidades para el desarrollo”.

Queridas amigas y amigos:

Estando aquí en Guatemala, yo vi por primera vez hermosas frases del Libro del Consejo de los Quichés, el Popol-vuh, y quiero concluir citando una bella frase que para ustedes es tan conocida, pero para nosotros, cada vez que la escuchamos, nos emociona y nos inspira. Esa fuente de sabiduría universal que nos han legado los pueblos de esta tierra, cuando decían, tantos años atrás, con tanta, yo diría, sabiduría: “que todos se levanten, que se llame a todos, que no haya un grupo, ni dos grupos de entre nosotros que se quede atrás de los demás”.

Sólo si actuamos unidos, hombres y mujeres de todas las etnias, culturas y procedencias, de distintas perspectivas, lograremos alcanzar el desarrollo integral de nuestros pueblos y construir un mundo justo, libre, igualitario y fraterno para todos y todas.

Muchas Gracias!

Descarga PDF: “Reforma Educativa, Equidad de Género, Interculturalidad e Integración: Instrumentos clave para el Desarrollo”

 Resumen de la conferencia

Vídeo de la conferencia

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