Por Carlos Mesa Gisbert

Foto: Carlos MesaEs imprescindible hacer desde la historia una lectura de la realidad con serenidad y racionalidad para intentar una aproximación sobre Estado Capitalismo y Democracia en América Latina.

El mundo de hoy está dominado por la economía de mercado, por la ley de la oferta y la demanda y, en consecuencia, por la economía abierta. Anotemos aquí que las potencias más importantes del mundo, particularmente de Occidente, bien se cuidan de generar su propia lógica proteccionista cuando se trata de defender, por ejemplo, su producción agrícola, pecuaria y agroindustrial. Con esa constatación sabemos que la economía plenamente abierta no existe, pero sería miope no entender, a pesar de ello, que estamos dentro de un mundo globalizado independientemente de cuánto nos guste o disgusto ese hecho objetivo. Es dentro de ese escenario que tenemos que mirar a América Latina e intentar comprender lo que hemos vivido en los últimos veinticinco años en la región.

El proceso político que sustituyó a la visión neoliberal, defensora del mercado y de la economía abierta, vino acompañado de una realidad económica excepcional en la historia latinoamericana, particularmente en la historia de América del Sur. Es evidente que la llamada década dorada (2004-2014), tiene mucho más que ver con los países de América del Sur que con los países de América Central y el Caribe, pero en términos generales se trata de un momento de extraordinaria bonanza económica para la región. No podríamos entender la transformación latinoamericana desde el punto de vista político si no fuéramos capaces de comprender que esta vino acompañada de un momento económico muy particular. Para América del Sur especificamente es difícil encontrar una etapa de bonanza equivalente en todo el periodo Republicano. No estamos hablando del ciclo clásico de vacas gordas y vacas flacas, que lo hay, sino de un momento en el que las materias primas se convirtieron en verdaderas estrellas, multiplicando sus precios de modo exponencial como no había ocurrido nunca antes.

Si somos conscientes de que la explicación del proceso de transformación política no puede ir separada de la transformación económica, podremos comprender también cuáles son las razones que explican el éxito de nuestras cifras económicas y en particular sociales.

La declinación de la etapa neoliberal que tuvo su desarrollo más importante en la década de los años noventa estuvo ligada a una crisis de recesión en América Latina que se inició en 1998 y 1999 y que se mantuvo hasta fines del 2003, con un comienzo de recuperación en 2004 y una explosión de crecimiento en 2005. Esa situación fue clave para entender el giro ideológico, no por nada, coincide con esa etapa económica. No hay explicación política que no venga acompañada de una explicación económica.

Empecemos por una consideración imprescindible que es el contexto clave para avanzar en el tema. La lección más importante que aprendió América Latina en los últimos veinticinco años (1990-2015) es que la ortodoxia, los dogmas, aquellos artículos de fe de verdades reveladas casi religiosas vinculadas al viejo debate entre estatismo y privatización, a los marbetes de “neoliberalismo” y “socialismo”, fueron de hecho y en la mayor parte de nuestras naciones, interpretados y adaptados de acuerdo a la realidad de cada país.

Para comprender esto es imprescindible entender lo que representó el llamado período neoliberal, que logró resultados muy modestos en el ámbito de las mejoras sociales, en parte por su propia lógica intrínseca, en parte por las condiciones económicas externas e internas que vivió. Pero esa lectura sería sólo parcial. Esa corriente consiguió algo muy importante que fue comprender que el manejo ordenado serio y sensato de la macroeconomía es imprescindible, que manejar la macroeconomía con responsabilidad en términos incluso de recetas clásicas de carácter estructural, no es un pecado neoliberal sino una condición sine qua non para que la base de una sociedad, en la línea ideológica que esa sociedad escoja, pueda estar segura y contar con una certeza económica mínimamente sustentable. El manejo macroeconómico responsable, es una herencia incuestionablemente positiva de esa década denominada como neoliberal, incluida la satanización del término. Las poquísimas excepciones a ese aprendizaje no son la regla sino la excepción.

Es evidente que esa corriente tuvo defectos de fondo, dogmatismo y una mirada unilateral de las cosas y que no logró entender algo fundamental; El rol esencial del Estado, no solamente como regulador que era la gran ilusión neoliberal, sino como actor fundamental en el manejo, diseño y estrategia de la economía, pero sobre todo, en la asunción de sus responsabilidades sociales en educación, salud, infraestructura y saneamiento básico, por ejemplo. Y lo que es más importante en la redistribución de la riqueza.

Otra vez, toda esta lectura debe hacerse con la certeza de que no hay verdades absolutas ni verdades reveladas. No se debe afirmar que una receta fue un fracaso total y que por tanto hay que olvidarse de ella, ni decir que ahora (cualquiera sea el ahora) se tiene la panacea universal. Lo importante es aprender las lecciones de la historia y tomar aquellos elementos positivos que esas lecciones nos dejan, más allá de sus condicionantes ideológicos.

No hubiésemos podido lograr los incuestionables éxitos en política social que hoy podemos exhibir en América Latina, sino hubiéramos logrado una combinación vinculada a dos factores; uno dependiente de nuestro propio diseño de estrategia y otro exógeno que nos fue extraordinariamente favorable.

La primera premisa aprendida es que el mercado no es un buen asignador en términos de distribución social, sí lo es, en cambio, en la lógica de oferta y demanda que funciona en el ámbito del mercado en las líneas gruesas de la economía, pero no para los objetivos fundamentales de una sociedad que busca la felicidad y que busca, hasta ahora sin éxito, reducir drásticamente las graves desigualdades existentes.

En la primera década del siglo XXI los movimientos políticos progresistas que sustituyeron la tendencia neoliberal, reposicionaron al Estado. Ese resposicionamieto tiene diferentes matices, que van desde el estatismo secante, pasando por una presencia significativa del Estado, hasta una presencia parcial de este.

Hagamos una precisión. Cuando hablamos hoy de América Latina, hablamos de modelos tan disímiles como el venezolano y el mexicano, como el boliviano y el colombiano, como el hondureño y el argentino. Tenemos en ese escenario varios gobiernos que siguen rigurosamente una lógica liberal, a la que podría añadirsele el prefijo “neo” -tema a debatir-. Por tanto, no sería correcto afirmar que las transformaciones ideológicas que se han producido han modificado el escenario del conjunto regional. En los veinte países que podemos definir como parte de América Latina hay un número significativo que no están involucrados en un modelo como el que están siguiendo Bolivia o Ecuador, para poner dos ejemplos evidentes cuyos resultados son exitosos hasta hoy. Podríamos mencionar a países como Perú y Colombia que han desarrollado un proceso y proyectos políticos que no están ligados a la estatización o a la nacionalización de los recursos naturales, pero que sí tienen una mayor presencia del Estado en el área de la salud, de la educación y en lo que conocemos como transferencias condicionadas o bonos, que contribuyen a una inversión social significativa. Son también ejemplos de éxito. En general, más allá de modelos políticos específicos, el círculo virtuoso estuvo vinculado a recuperar al Estado en aquellas responsabilidades sociales que debe tener y contó con la buena fortuna de que los precios internacionales de las materias primas están en unos niveles absolutamente espectaculares. El resultado de diez años sostenidos de este escenario está a la vista.

Las cifras de éxito de la lucha contra la pobreza en naciones adscritas al llamado “socialismo del siglo XXI” son incuestionables, pero la pregunta de fondo sigue siendo la misma: ¿Hemos aprovechado en la lógica de nuestro sistema productivo, de crecimiento y de desarrollo esta década dorada? Una lectura de temas estructurales conduce a responder que no de manera equivalente a lo que hemos conseguido en el ámbito social. En lo social hemos logrado una mejor distribución, todavía muy lejos de la ideal, cifras notables en la lucha contra la pobreza, la generación de una nueva clase media que ha ampliado la base de este sector y hemos logrado entender que hay una responsabilidad que el Estado no puede dejar y que parece que ninguna apuesta liberal pueda destruir. Se ha roto el dogmatismo de que el Estado debe sacar la mano y dejar que la iniciativa individual y las fuerzas del mercado organicen la sociedad. Pero en muchas naciones hemos roto también la deificación del Estado. Convertir en mito al Estado como acertadamente lo criticaba Octavio Paz, que lo definía como el Ogro Filantrópico. Allí estaba el imperial PRI de los setenta años en el gobierno, que ya nada tiene que ver con la situación de México hoy. No queremos un Ogro Filantrópico, necesitamos un Estado comprometido con los desafíos de la sociedad, con los de la economía, con los del desarrollo y separado de la idea absurda de que el estado lo debe hacer todo y lo debe dar todo.

América Latina no está dentro de una burbuja sin vínculo alguno con el mundo real. Ese mundo es el de la economía abierta, del mercado, de la competencia, del desarrollo científico, tecnológico, innovador e investigativo. Podemos hacer muchas críticas al mundo occidental y al capitalismo y, por supuesto, a aquellas naciones con la nostalgia del imperialismo. Podríamos ampliar esas críticas también a ciertas tendencias y actitudes económicas y pòlíticas en determinos países de Asia. Pero esas críticas no pueden dejar de lado la realidad. La vanguardia de la investigación, del desarrollo tecnológico y del desarrollo científico está en Estados Unidos, en Europa y en varios países de Asia. Baste ver el caso de China que a pesar de su dictadura política se mueve dentro de un esquema de economía de mercado y de libre oferta y demanda, es decir, en el más absoluto capitalismo. El mundo capitalista ha logrado extraordinarios éxitos en el desarrollo científico y tecnológico que no podemos obviar. Debemos preguntarnos por qué razones eso ha sido posible, cuáles han sido los instrumentos que han permitido que vayan de la mano el crecimiento económico y el desarrollo de la investigación, ciencia y tecnología. Podríamos hacer una larga disquisición de carácter ideológico y ponernos en la visión marxista para dar respuestas, pero en última instancia es menester reconocer una realidad en la que ya no hay blancos absolutos ni negros absolutos, sino una importante gama de grises en las que nos tenemos que mover.

Sin duda, vale la pena repetirlo, debemos cuestionar el proteccionismo que está desarrollado de manera exacerbada por Estados Unidos y Europa, que proponen y ejecutan proyectos y convenios de libre comercio bilaterales o multilaterales, pasando por alto derechos de autor, derechos intelectuales, las riquezas de nuestra biodiversidad, que no son consideradas como parte inviolable de nuestro patrimonio etc. Son algo más que matices en cuanto a qué debemos tomar y que no de ese modelo.

En 2015 la caída internacional de los precios de las materias primas, está representando una caída de entre el 20% y el 35% por ciento de los ingresos por exportaciones de varios países, particularmente en América del Sur. Ese impacto demuestra que seguimos atados al dogal de la producción de materias primas como la base fundamental de nuestro aparato exportador. Pongamos como ejemplo una nación como Chile que recibe el 50% de sus ingresos por exportaciones del cobre (2014), algo parecido pasa con el Brasil que ingresa el 47% por exportaciones de sus productos primarios (2014). Vale la pena en este punto hacer una mención especial al país excepción. Una nación que atraviesa un serio problema institucional y estructural como México es, sin embargo, desde el punto de vista económico el país más fuertemente diversificado de toda América Latina. México ha vivido la experiencia paradójica, de estar atada a la locomotora estadounidense, que cuando ha desarrollado y crecido ha ayudado a México a una importantísima diversificación industrial, aunque es cierto que un receso estadounidense afecta a la economía mexicana. Esos hechos determinan hoy que el 87% de las exportaciones totales de México son manufacturas (2015). Brasil, en cambio, tiene mercados mucho más diversificados, pero una dependencia mucho más fuerte de la producción de materias primas que México.

No hay recetas únicas, lo que hay es la necesidad de entender en qué escenario nos movemos, cuáles son los elementos que limitan nuestra capacidad de desarrollo y reconocer que nuestros éxitos no son solamente producto de nuestras grandes genialidades ideológicas, sino que tienen que ver con un contexto internacional más o menos favorable. Es en ese contexto y en cada circunstancia que debemos saber aprovechar nuestras oportunidades de manera integral.

Hemos logrado avances significativos en términos sociales, pero en términos económicos, en la reformulación de nuestra matriz productiva, en el incremento de nuestra inversión pública en innovación, ciencia, investigación y tecnología, no hemos sido capaces de entender cuán grande es la brecha que nos separa de los países más desarrollados y cuáles son los desafíos que tenemos para lograr esa transformación.

¿Podemos llevar adelante una transformación innovativa, de tecnología y de investigación por nosotros mismos sin la participación de inversión extranjera? Sería imperativo responder que esa inversión debe pensarse no en términos de montos invertidos, sino en un ambiente que nos permita combinar esos aportes con transferencia tecnológica, más allá de los impuestos que les cobremos a esas empresas. ¿Cuál es la lógica que nos permite establecer una base industrial que esté acompañada de innovación? ¿Tenemos el tiempo suficiente, o vamos a tener que dar un salto pasando por alto determinadas etapas que la lectura tradicional, tanto cepalina como marxista nos planteaban? La industrialización entendida como industria pesada, probablemente en el siglo XXI debe verse de otro modo y ya no como una condición imprescindible hacia la que cualquier país debe apuntar.

Pero volvamos a la valoración de este último cuarto de siglo en función a los resultados logrados. Si buscarámos demostrar el éxito del liberalismo podríamos poner un par de ejemplos, si buscáramos demostrar el éxito del estatismo y el nacionalismo, podríamos mostrar también un par de ejemplos, lo que daría lugar a equívocos. Por eso es imprescindible hacer una lectura intelectualmente honesta de la realidad latinoamericana que sea capaz de entender y aceptar aquello que tiene que ver con la acción positiva de nuestros gobernantes y aquello que nos cayó del cielo y aprovechamos con más o menos éxito.

El escenario internacional no va a cambiar dramáticamente, no da la impresión de que los mecanismos mediante los que funciona hoy la economía vayan a transformarse, por lo tanto ese es el escenario que vamos a tener que encarar y en el que nos vamos a tener que conectar e insertar.

A la vez, empezamos un ciclo de desaceleración, en el que probablemente no estaremos en grados dramáticos de recesión contractiva que nos coloque contra la pared, pero es obvio que el escenario de la década dorada se terminó y que tenemos que ser capaces de dar respuestas a ese nuevo panorama. Eso implica dos desafíos fundamentales a las economías de América Latina ¿Qué hacer con la expansión del gasto en administración? ¿Qué hacer con la vigente expansión de la inversión? porque hay que subrayar que América Latina no solamente incrementó gasto, incrementó inversión productiva, en infraestructura y en comunicaciones; pero esos rangos de inversión van a necesitar ser reevaluados.

La siguiente pregunta es ¿Tendremos las condiciones para llevar adelante procesos de inserción social tan espectaculares como los que hemos logrado en la década dorada? La respuesta es compleja, porque la pregunta es si nuestras transferencias condicionadas, que son ya parte estructural del funcionamiento de la sociedad, son estructurales a nuestros presupuestos estatales. Todavía no está claro, es algo que tendremos que ajustar a medida que vayamos conociendo los datos objetivos que nos permitan entender cuáles van a ser las consecuencias de la desaceleración económica de China y el estancamiento europeo, pero también tendremos que valorar el hecho de que Estados Unidos está creciendo de manera razonable.

El otro aspecto al que tenemos que ponerle atención es ¿Logramos los países de América Latina hacer una distinción entre nuestra capacidad exportadora y la salud de nuestra economía? La idea de que al desmoronarse las exportaciones se desmorona el funcionamiento del Estado y de la sociedad ¿es correcta?. Si logramos crear una masa crítica de demanda interna adecuada podemos contrarrestar la caída de nuestras exportaciones balanceada por nuestra capacidad de generar ingresos. Allí entra la gran pregunta de la fiscalidad. Tanto desde el punto de vista del salario como generador de demanda, como desde el punto de vista de los tributos, la región debe hacer una valoración de su economía considerando la dramática realidad de la economía informal. Casi el cincuenta por ciento de la economía latinoamericana es informal (47,7% en 2012), la importancia del salario en esa estructura es distinta y lo es también la de la presión fiscal para lograr ingresos más saludables para el Estado. No estamos hablando de la informalidad económica como una excepcionalidad sino como una regla, ¿Cómo enfrenta una sociedad y su Estado a una economía basada fundamentalmente, o cuando menos en una parte significativa, en la informalidad? ¿Se pueden encontrar respuestas a esos desafíos dentro de la ortodoxia para conseguir incremento de la fiscalidad?. Esto no quita un objetivo fundamental, el incremento de impuestos o la lógica de la progresividad del impuesto para los que más tienen. No hay políticas que funcionen en esa dirección. Pero llevar adelante esas iniciativas debe plantearse la realidad de la amplia brecha entre los sujetos tributarios y los no tributarios en el contexto de la gran informalidad. Cualquier modelo económico latinoamericano debe considerar y aceptar lo que significa el factor de la informalidad para las proyecciones generales del desarrollo regional. Todavía no hemos descubierto los indicadores adecuadamente creíbles que nos permitan hacer un balance entre una y otra economía.

Primera conclusión: no hay que atarse a ortodoxias, ni a verdades reveladas, ni a fe ciega tanto en términos políticos, como económicos y sociales. Lo que hemos aprendido en América Latina es la flexibilidad, sin demagogia, de cuáles son nuestros méritos intrínsecos y cuáles los elementos externos a nuestras propias acciones.

Segundo: hay resultados interesantes que rescatar de la economía liberal y los hay en la economía estatista. Hay también una convergencia entre los dos modelos que tiene que ver con la responsabilidad social. Hay que reconocer aquí que aquellos países que han apostado por un Estado más fuerte, han logrado resultados sociales más rápidos, pero eso no quiere decir que los otros países que no han hecho ese camino hayan olvidado completamente su responsabilidad, las transferencias condicionadas, para poner un ejemplo, están tan vigentes en países que se podrían definir como de izquierda como en aquellos que se podrían definir como de derecha. La respuesta al desafío social sigue teniendo una tarea no realizada, la velocidad para reducir la desigualdad no es lo suficientemente intensa como la que requerimos, en este punto seguimos teniendo serios problemas.

Tercero: el nivel de incorporación de masas significativas que pasaron de la pobreza a la clase media que fue muy importante es una realidad muy precaria. Una caída significativa de indicadores económicos podría provocar que millones que están hoy en el borde de la clase media pueda estar dentro de cinco años otra vez en el borde del otro lado, en la línea de la pobreza.

Cuarto: seguimos atados a un modelo productivo que no ha sido capaz de renovarse con propuestas que puedan dinamizar su crecimiento. Hacer como Noruega, Australia o Canadá que son exportadores de materias primas pero con un alto nivel de valor agregado muchísimo mayor que el que tenemos los países de América Latina.

Quinto: punto en el que estamos absolutamente trabados –sin mencionar lo obvio,   la educación, uno de los grandes problemas de América Latina: cantidad pero no calidad-. No parece que estemos dispuestos a entender en qué consiste la inversión en investigación, tecnología e innovación. Esos tres elementos no son menores, son fundamentales. Probablemente la respuesta es una combinación. Tenemos que hacer un esfuerzo compartido. No hay que satanizar per se la idea de la inversión externa, hay que darle una racionalidad en cuanto al beneficio de las partes, el que invierte y el que recibe la inversión, y sobre todo a la posibilidad de transferencia de tecnología que traen las trasnacionales. Es fundamental también aquella que se puede transferir de Estado a Estado y, finalmente, el esfuerzo de la inversión estatal directa en esos tres aspectos.

Sexto: la integración. Ninguno de estos mecanismos puede entenderse sino no nos entendemos como un conjunto. Probablemente vamos a llegar más rápido a la innovación, a la tecnología y a la investigación, cuando desarrollemos políticas comunes en esa dirección con metas comunes a todos. El proceso de integración para un crecimiento intra América Latina y extra América Latina es imprescindible desde el punto de vista de la economía.

No sé si podríamos llamar sólo capitalismo a lo que estamos viviendo en este siglo, lo podemos llamar globalización, economía abierta con sus restricciones de proteccionismo en una particular esquizofrenia, pero ese es el mundo que nos ha tocado vivir. Reconozcamos en ese ambiente económico que América Latina tiene méritos y defectos, ha logrado coronar metas y tiene frustraciones, pero hay factores que no están vinculados exclusivamente a la ideología, sino también a las condiciones de ese mundo globalizado. No somos ajenos a el y vamos a recibir sus beneficios y golpes en dimensiones y proporciones muy parecidas mientras no nos decidamos a ser actores plenos de su funcionamiento.

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