La Generación de la Reconciliación
Olinda Salguero

Discurso pronunciado por Olinda Salguero, Directora Ejecutiva de Fundación Esquipulas durante la Conferencia Internacional “Colombia hacia la Paz: Transformaciones y Desafíos” impartida por el Presidente Juan Manuel Santos, en el marco del 30 Aniversario de los Acuerdos de Paz en Centroamérica (Esquipulas I) y del 20 Aniversario de la firma de los Acuerdos de Paz en Guatemala.

Presidente Morales, Presidente Santos, Presidente Cerezo, honorable concurrencia me sumo a los saludos protocolarios ya pronunciados.

Hablar de paz hoy, construirla, hacerla posible, es sin duda una tarea compleja, es por encima de todo un imperativo para vencer la oscura e inaceptable convicción de algunos de que la paz nunca será posible.

Hace tres décadas, inspirados en el esfuerzo de Contadora, los Acuerdos de Esquipulas establecían las bases que transformarían el rostro de la región, poniendo fin a las guerras que desangraban a nuestros pueblos, creando condiciones para la institucionalización de la democracia y contribuyendo al impulso político de la integración regional.

Hoy puedo decir, como millones de jóvenes latinoamericanos, que pertenezco a una generación que no vivió el horror de la guerra, gracias al sacrificio de muchas personas y al esfuerzo de varias generaciones que nos demostraron que hay causas, como la paz y la democracia, por las que vale la pena ofrendar la vida. Sin embargo, quiero que podamos ser la generación de la reconciliación y la que transforme este sistema injusto. ¡Estoy segura que podemos lograrlo!

Democracia no es una palabra vacía, no es una palabra –como podría pensarse hoy- desgastada por su repetición interminable, es una forma de vida, es una concepción del mundo, es una posición ética ante la vida. ¡Las ideologías si importan! Pero la polarización se sale de los márgenes de la democracia. Lo importante no es si somos de izquierda o derecha, lo que realmente importa es que seamos democráticos.

La democracia es el mayor ideal humano como parte de la libertad y la justicia. De nosotros, desde nuestra indignación por todo aquello que traiciona ese concepto, depende revitalizar y darle un profundo contenido a la palabra democracia.

Hoy nuestra realidad es otra, pero no está exenta de contradicciones. Muchas de las causas que nos enfrentaron por tanto tiempo aún están vigentes, por lo que la paz, entendida únicamente como la ausencia de guerra, tiene poco valor para alguien que apenas sobrevive, que se está muriendo de hambre o de frío.

Vivimos una paradoja, una ironía, hemos superado una guerra terrible y enfrentamos otra no menos cruel, la de la violencia cotidiana, la del crimen organizado, la del narcotráfico, la del tráfico de personas, la de las maras, la de la migración forzada por la falta de oportunidades, la de la discriminación y la exclusión, la de la violencia de género, la de la destrucción del planeta y la más grande la de la indiferencia.

En nuestra época, la paz debe ser presencia de justicia, de equidad, de un nuevo modelo de desarrollo incluyente. La paz, sólo podrá ser firme y duradera si se respetan los derechos humanos, si los individuos y los países son libres y tienen acceso a oportunidades para alcanzar la felicidad.

Aquellos que vivieron la guerra deben encontrar verdad, justicia y reparación. Quienes no la vivimos debemos contribuir a la construcción de la cultura de paz y todos y todas tenemos que ser capaces de abrazar el perdón y la reconciliación. Que nunca más arrebatemos la vida a nadie por nuestras diferencias., que tampoco lo hagamos por nuestra indiferencia.
Muchos podrán pensar que la paz y la democracia no han significado nada, pero se equivocan, significan todo. Son como el oxígeno, no somos capaces de darnos cuenta lo importante que es hasta que no podemos respirar.

La pregunta hoy es ¿Cómo entendemos la paz? Para naciones como Guatemala o Colombia, como el punto final de una terrible guerra interna, como el espacio de la reconciliación, como la posibilidad de compartir un horizonte común de futuro, es también hacer que la paz sea algo vivo, creativo, un espacio en el que quienes han sufrido hasta lo indecible y en carne propia el brutal costo de esa guerra, estén dispuestos a ofrendar aunque sea una parte de ese sufrimiento para que esa experiencia intransferible nadie la viva en sus propias almas.

Esta generación cuestiona los estereotipos heredados. Rechazamos el pasado del antagonismo y estoy segura que la mayoría queremos encontrar caminos para hacer coincidir nuestros anhelos comunes. Queremos cambiar el curso de la historia, para restaurar la dignidad de nuestras sociedades y reconstruir la confianza entre nosotros mismos.

Es que nunca se corona una cumbre, la más alta, porque siempre habrá otra y otra detrás, es nuestro sino vital. A nuestros padres les tocó una tarea, a nosotros nos toca ésta, la construcción de la paz desde otros escenarios, distintos, pero igual de complejos.

Celebramos el camino de la paz de Colombia, mucho más desde la perspectiva guatemalteca porque sabemos lo que significa, pero a la vez, estamos obligados a una lucha por la paz en nuestras casas, en nuestras calles, en nuestras ciudades, todas las horas de todos los días.

Para hacerlo hay que olvidar la indiferencia, hay que desterrarla ¿Es que acaso no fuimos capaces de salir semana tras semana a nuestras plazas para exigir el fin de un régimen que se había hundido en la corrupción? ¿No fueron nuestras voces firmes pero lejos de la violencia que lograron un triunfo histórico? Por eso, sería terrible que una sociedad que ha superado los peores trances se enfrasque en una confrontación sorda de agresividad y desconfianzas, de polarización y egoísmo, de odio.

Para los jóvenes, nosotros, los protagonistas de las redes sociales, los impulsores de una nueva manera de ver el mundo, sería desilusionante que todo quedará reducido a la cultura de los memes al canto a la frivolidad, a ese implacable “¡Qué me importa!”. Somos el presente, de nosotros depende un mañana distinto, en el que sea verdad aquello de que cansados de la corrupción y el envilecimiento de la política, podemos y debemos recuperar la política para el bienestar de todos, la Política entendida como la gestión del espacio común que todos compartimos.

La guerra empieza en la mente, es entonces en la mente que debemos plantar semillas y baluartes de paz. Por eso hacemos de la Fundación Esquipulas un punto de encuentro, un eje para el diálogo, una palestra plural para escuchar ideas distintas, un núcleo en el que la discusión sobre política, economía y sociedad, contribuya a consolidar una cultura de paz.
Nos parece fundamental, la oxigenación del debate político y la formación ciudadana de personas y grupos que rechacen todas las formas de violencia y que impulsen las reformas políticas, económicas y sociales que garanticen la paz y la reconciliación que tanto anhelamos.

Es por eso que así como debemos seguir la lucha contra la impunidad, debemos también derrotar a enemigos poderosos como la indiferencia y el odio. Porque si seguimos sembrando odio, inevitablemente vamos a cosechar más violencia, más desigualdad, terrorismo y enfrentamientos. No tiene ningún sentido, no podemos permitirnos seguir perdiendo tiempo, oportunidades y lo que más importa, más vidas.

Como dice mi buen amigo colombiano César López, “Toda bala es pérdida y toda víctima hermana”.

Para mí, la paz es la base de la democracia y del desarrollo. Ya existen las bases ahora nos toca sacudir y refundar nuestro país. No nos perdamos en el árbol, tenemos que ser capaces de ver el bosque, el problema es el sistema y es ese el que tenemos que cambiar.

Termino recordando algo que no por obvio deja de ser fundamental La interdependencia global nos obliga también a desarrollar un sentimiento de pertenencia con el otro. Nada que concibamos desde el pequeño sitio que ocupamos tendrá sentido si no somos capaces de mirarnos y actuar como parte de una gran comunidad humana con un destino común.

Estamos “condenados” a vivir juntos o superamos nuestros desafíos juntos o nos hundiremos juntos.

Los seres humanos podemos rectificar los caminos, porque mientras haya vida hay posibilidades y esperanza. Es la dignidad humana la fuerza para construir, pero cuando no se reconoce y un pueblo muere de hambre y desigualdad, esa fuerza se convierte en destrucción.

Colombia está ahora en el camino de alcanzar la paz, que ha dejado de ser únicamente un sueño de los colombianos para ser un imperativo global, un sueño compartido de toda América Latina.

Al dar la bienvenida al Presidente Juan Manuel Santos a este espacio abierto que es la Fundación Esquipulas en el que hemos contado con los valiosos aportes de Ex Presidentes de Latinoamérica de distintas tendencias y Presidentes en funciones, como Rafael Correa, Michelle Bachelet, Pepe Mujica, entre otros.

Al agradecer a todas y a todos su presencia, quiero expresar mi convicción, parafraseando una frase que he escuchado en varios espacios, pero recientemente de un joven diputado brasileño, de que tanto ustedes como yo, no queremos vivir en otro país, queremos vivir en otra Guatemala.

Los invito a que todos sintamos ambición por el poder. Sí. Escucharon bien, por el poder, pero por el PODER MORAL ese que nos de a todos la solvencia de recuperar la humanidad. No el tradicional que nos destaca por casos tan vergonzosos como la corrupción de la línea (defraudación aduanera en Guatemala) o los Panama Papers o Papeles de Panamá (evasión fiscal, que aunque legal sigue siendo inmoral).

El poder moral que nos permita no solo desterrar prácticas repochables de la política sino también construir una nueva ciudadanía.

Un poder moral y una ciudadanía que nos permitan vernos a los ojos, ver a los ojos a nuestros seres queridos y saber que hemos hecho todo lo que está a nuestro alcance, para construir un contrato social, económico, político y ambiental, impulsado por todos los sectores, en el que quepa la mayoría, en el que no dejemos deliberadamente a nadie atrás, uno que nos devuelva la dignidad, que permita que todos tengamos el derecho y las oportunidades de buscar la felicidad.

¡Hagamos posible lo necesario!

Muchas gracias

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