Calendario electoral 2026 de Latinoamérica y el Caribe

Latinoamérica y el Caribe entran a 2026 con una paradoja incómoda: nunca se ha votado tanto y, sin embargo, pocas veces la democracia ha sido sometida a tantas exigencias simultáneas. El calendario electoral —que concentra elecciones presidenciales, legislativas y procesos clave dentro y fuera de la región— no solo ordena la vida política; la somete a una presión constante. Incluso en países sin comicios generales, como Guatemala, el año estará marcado por elecciones de segundo grado que inciden directamente en el equilibrio institucional. Las urnas se multiplican, y con ellas la responsabilidad democrática.

El año estará atravesado por decisiones electorales en países centrales para el devenir regional. Costa Rica, Perú, Colombia, Haití y Brasil representan realidades políticas distintas, pero comparten un desafío común: gobernar sociedades diversas en contextos de transformación social, económica y tecnológica acelerada. Cada proceso electoral expresa tensiones propias, pero también la vitalidad de sistemas políticos que, con todas sus limitaciones, siguen apostando por la vía democrática como mecanismo para procesar diferencias y renovar liderazgos.

A este escenario se suma un factor externo que la región no puede ignorar: las elecciones legislativas intermedias en Estados Unidos. Más allá del resultado partidario, estos comicios deben leerse como un punto de inflexión en la relación hemisférica. De sus efectos se desprenden orientaciones clave en materia migratoria, cooperación regional, seguridad fronteriza y movilidad humana, asuntos que impactan directamente en la estabilidad social y económica de Latinoamérica y el Caribe. En particular, la migración —uno de los temas más sensibles de la agenda regional— vuelve a situarse en el centro del debate, obligando a la región a repensar su posición no solo como espacio de origen o tránsito, sino como actor con responsabilidad compartida en la gestión de un fenómeno estructural vinculado al desarrollo, la desigualdad y la gobernanza.

En ese contexto, Latinoamérica y el Caribe enfrentan el desafío de articular una lectura estratégica propia. No se trata de reaccionar a decisiones externas, sino de incidir en la agenda hemisférica desde el diálogo, la cooperación y la defensa de los derechos humanos. 

Votante mexicana en una casilla electoral votando por el próximo presidente de México.

Más allá de la diversidad de contextos, 2026 plantea una pregunta compartida: cómo transformar la legitimidad electoral en gobernabilidad sostenible. La región ha consolidado el voto como práctica democrática, pero enfrenta el reto de fortalecer la capacidad de sus instituciones para construir consensos, dar continuidad a políticas públicas y responder a demandas sociales de largo plazo. El desafío no es electoral en sentido estricto, sino político e institucional.

En este marco, las autoridades electorales y los sistemas de justicia cumplen un rol central. Su independencia, credibilidad y capacidad técnica son pilares para que los procesos no solo concluyan en resultados legítimos, sino en transiciones estables y aceptadas. La fortaleza democrática se juega tanto en las urnas como en el respeto a las reglas que las sostienen.

Lejos de ser una señal de debilidad, este ciclo electoral refleja una región en movimiento. La ciudadanía de América Latina y el Caribe continúa participando, debatiendo y exigiendo. Esa participación es una oportunidad para renovar liderazgos, fortalecer instituciones y reafirmar el compromiso con una democracia que no se agota en el acto electoral, sino que se construye día a día.

El 2026 será un año decisivo no solo por la cantidad de elecciones, sino por la calidad de las decisiones que se tomen antes y después de ellas. La experiencia acumulada de la región demuestra que la democracia se fortalece cuando el liderazgo asume su responsabilidad histórica y entiende el poder como un servicio al bien común.

En un mundo marcado por tensiones geopolíticas y agendas definidas fuera de la región, la integración de América Latina y el Caribe vuelve a adquirir sentido no como un proyecto ideológico, sino como una herramienta para ampliar márgenes de decisión, fortalecer la democracia y proyectar una voz propia en los asuntos hemisféricos y globales.

Porque votar seguirá siendo indispensable. Y 2026 ofrece la oportunidad de demostrar que, además, la región sabe gobernar con responsabilidad democrática.

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